Hace unos días en conversación con una amiga, expresé mis sentimientos hacia el reconocimiento que no se nos da a las mujeres.
Y es que durante mucho tiempo he sentido la indiferencia de la sociedad ante lo que he construido, y no solo lo que he hecho yo, sino mujeres en el mundo y a mi alrededor.
Cuando creé mi pastelería, Andrés empezó a trabajar conmigo porque dejó el fútbol para estar en casa y juntos cuidar a nuestros hijos. A pesar de mis esfuerzos y ser yo quien estaba a cargo, la sociedad le ha dado el mérito a el. No es que no lo merezca, hizo parte fundamental de ese negocio, pero si hubiera sido al contrario, estando el a cargo y yo a su lado como en el fútbol, ni siquiera me habrían mencionado.
Con mi libro ha sido igual, en las presentaciones o conferencias le dicen: "quiero tu libro y me lo firmas por favor", cuando la escritora he sido yo.
El podcast que he creado con esfuerzo y desde cero, consiguiendo los invitados, organizando las fechas, imaginando los temas, editando cada episodio, moviendo las redes sociales; y al final dicen: el podcast de ustedes.
Así en medio de la conversación con mi amiga hubo una frase de ella que me marcó: "quizá el valor no te lo estás dando tú".
Uffff quedé desconcertada. Cuánta razón tenía. Me quedé pensando y meditando en esa frase.
Al final, llegamos a la conclusión de que todo lo que he creado ha sido con la intención de sostener hogar, de ayudar a otros e impactar; y al tener esos sentimientos negativos, yo misma le he estado mermando valor a mis creaciones. No me he impuesto con liderazgo, fuerza y tenacidad frente a lo que he construido. Me ha dado miedo el éxito quizás, y lo he disfrazado con excusa, la de culpar a los demás.
Esa conversación me llevó a explorarme, saber en que estaba fallando, dejándome claro que las mujeres no necesitamos aplausos para sentirnos valoradas, que no es indispensable que tu nombre sea visible, y menos, cuando en tu interior no sientes que estás a la altura de lo que has edificado con esfuerzo, solidez y amor.
Date el nivel que necesitas internamente para expresarlo sin temor y que puedan verte con grandeza, con esa magnitud que viene de lo más profundo de tu ser, que no es para sentirte irreemplazable, sino porque lo has logrado al decidir moverte aún con miedo, angustia y vergüenza.
Sigue avanzando y creando sin importar quién está observando. Siéntete merecedora de las bendiciones que obtienes, en algún momento llegarán los elogios por todo lo que has creado, levantarás tu cabeza con altura porque sabes que eres tú quien ha dejado de dormir, la que ha llorado en los momentos más oscuros, la que ha hecho catarsis y se ha levantado cada día a luchar por sostener hogar.
He sido yo la que dejó su país con veinte años para criar un niño, ser mamá y esposa presente. Fui quien lloró en silencio con amargura al dejar su carrera y seguir la vida del futbolista, pero también soy quien nunca dejó de prepararse, la que se acostaba tarde estudiando para cumplir con sus labores en el día, yo soy quien derramó lágrimas de dolor con depresión y ansiedad, y cuando murió mi hija, fui yo quien la tenía en brazos al dar su último suspiro; y fui yo quien plasmó en un libro cada una de las vivencias y los aprendizajes que ella nos dejó.
Soy yo quien se siente feliz haciendo crecer su podcast, comunicando experiencias, legado y amor.
Hoy entiendo que nunca he necesitado méritos de nadie, pero sí los que han venido de parte de Dios.
Por supuesto que es hermoso cuando reconocen tu esfuerzo por cuidarte, por escribir bien, hablar sin miedo, por tener un hogar duradero, estable y lleno de amor, que bonito se siente cuando reconocen tu trabajo como madre, pero que maravilloso es sentirse bien aunque nadie te lo diga.
Ahí estará esperando el éxito y el reconocimiento, pero el que viene de la coherencia, la perseverancia, la disciplina y la constancia. Y eso si es triunfar.
Con amor,
Alexa Gómez
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