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La muerte llegó dos veces.

Perder a un hijo es el dolor más grande que un ser humano pueda sentir.

Yo perdí a mi hija dos veces.

La primera, cuando fuimos un milagro y regresamos a la vida para cumplir el propósito de Dios en la tierra; en ese momento tuve que morir a mi ego, a mis ilusiones como mamá de una niña. Tuve que dejar morir a la pequeña con la que soñaba y seguir mi vida con la que tenía. No lo tomen a mal, no quiere decir que no amo a mi hija; por el contrario, cuando tienes un hijo que es más susceptible a dolor, a cambios repentinos, a injusticias, tú lo cuidas y lo proteges más.

Pero sí tuve que morir a los sueños, los planes como familia, el futuro planeado, al estilo de vida, morir a poder acompañar a mi hijo en todos sus procesos. Tuve que morir a mí, para volver a la vida y ser otra mujer.

Tuve que morir a mis creencias, a mis pensamientos, a mi orden y disciplina, a manejar mi tiempo. Tuve que ver morir a mi hija, la niña de mis sueños y darle cabida a la niña que veían mis ojos: dulce, vulnerable, inocente, inquieta, esa niña de ojos grandes y expresivos que me miraba con ternura, que se sentía protegida en mis brazos, por la que muchas veces me desesperé, sufrí y lloré. Por la cual sentí impotencia y mucha  ansiedad. No era ella la que causaba eso en mí, Julieta era un ser de luz inocente que no despertaba maldad en ningún ser humano, era mi propio perfeccionismo, el querer vivir en un mundo de fantasía donde el dolor nunca existiera y los problemas estuvieran a metros de distancia. Quería verla feliz sin dolores ni penas. 

Pero a través de ese proceso, nació una nueva Alexa, llena de fuerza, vida y esperanza, nació aquella mujer que necesitaba ser antes de despedir a su maestra. Ese era su verdadero propósito aquí a mi lado. 

Ver el cajón pasar hacia el fuego me desplomó. Saber que nunca más la vería hizo temblar mis piernas y caer al piso. Me hizo sentir vulnerable y culpable. Decirle adiós fue desgarrador. ¿Pero qué debía hacer después? Sé que muchos hubieran entendido si desaparezco, si decido no hablar nunca más, si decidiera encerrarme y no salir de mi habitación; sé que muchos se hubieran lamentado por esa decisión, pero que al instante pasarían la página para continuar con sus vidas, cada quien tiene problemas que solucionar. 

Hay una texto de Alfred A. Montapert que me encanta y dice lo siguiente:

"La mayoría ve los obstáculos; pocos ven los objetivos; la historia registra los éxitos de los últimos, mientras que el olvido es la recompensa de los primeros".

Y yo quería tener éxitos, sacar de mí esa nueva persona, esa leona que no quería ser olvidada; y mucho menos que se olvidara el nombre de mi hija Julieta. No quería que esa situación me detuviera, me ilusionaba aprovechar ese reto para beneficio de todos.

Por eso la muerte de mi hija llegó dos veces; y yo he tenido que nacer de nuevo unas cuantas más. 


Alexandra Gómez S.

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