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¿Ahogado?

Te sientes atrapada ¿Te estás ahogando? ¡Si! ¿Qué ves alrededor?

Me inundo, me ahogo, no puedo respirar y no sé como actuar.

Empieza un ardor en lo profundo de mi cuerpo, en el centro, crece y no quiero que crezca, las palabras salen disparadas por mi boca. Grito, lloro, insulto...

¿Quiero hacerlo? ¡No! pero hay algo en mi interior que me consume y que me ha estado consumiendo por mucho tiempo. Creo que se llama frustración.

Es estar en medio de dos paredes que vienen hacia ti para aplastar tus sueños, tus aspiraciones, te roban la paz, te genera angustia y te paraliza.

-¿Es posible salir de allí? -Una pequeña voz me pregunta.-

-Es que miro a mi alrededor y no se como hacerlo, le contesto.- 

Cada vez están más cerca de mi, intento con mis brazos detenerlas, pierdo la fuerza, pero creo que es más la fuerza interior la que se acabó. Por eso estoy atrapada.

En un instante de coraje, como puedo volteo mi cuerpo y camino hacia el lado, casi aplastada por ellas, lo hago con mucha dificultad pero con todas mis fuerzas, si no lo hago, todo se acaba. Visualizo la luz que hay al fondo; y cuando logro agarrarme del filo de una de esas paredes, halo con fuerza el resto de mi cuerpo.

Antes de que esos dos muros se convirtieran en uno solo, logré sacar el último pie, casi queda atrapado y aplastado. Quedé un poco consternada y cojeando con algo de dolor. 

Pero soy un nuevo ser.

A partir de ese momento me he sentido más liviana. He soltado la frustración que durante años me ha hecho sentir así, con un ardor en mi pecho que brota como ira, culpando a otros por aquello que yo no he alcanzado y que en algún momento soñé.

Entendí que no es culpa de nadie las decisiones que tomé, las oportunidades que dejé escapar solo son mi responsabilidad y que las paredes y los techos mentales los creo yo misma. Allí no hay nada físico, pero aplastan tu espíritu. Es angustiante, crea ansiedad. Se acelera el corazón y cuando el médico te revisa te dice que estás perfectamente pero tu te sientes incapaz, sin poder respirar, con el corazón a mil por hora y con ganas de llorar.

Al llegar a casa debes tomar decisiones, hacerte preguntas, calmarte y tomar agua. 

¿Lo pensaste? ¡Si! ¿Cuáles son tus conclusiones? 

Que siempre debo ser sincera, pero sobre todo conmigo misma. No quiero lo que estoy haciendo y tampoco lo que tengo. ¡Suéltalo! No puedo. Entonces vas a enfermar. Vas a tener una enfermedad que se llama desdicha y no podrás volver a sonreír. 

Dejar atrás todo lo que has construido no es fácil, duele, arde el alma, brotan lagrimas y desaparecen personas. ¿Pero vale la pena? ¡Totalmente! 

Hoy soy una nueva persona, aún tengo mis traumas y mis días desafiantes; pero suelto más fácil, me limpio más rápido, me levanto más erguida y tengo más sabiduría.

Gracias por los momentos de dolor, de angustia y de ansiedad porque me enseñaron a soltar, avanzar, a sonreír más; a entender quien soy y de que estoy hecha: de pura fuerza interior, la que tenía escondida bajo esos muros inventados por cobardía.

Atrévete a seguir soñando y a hacer lo que sea necesario para lograrlo. 

De verdad y con la mano en mi corazón te digo: vale la pena. Todo pasa y el sol vuelve a brillar.


Alexa Gómez S.


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